Wishmaster 2: Evil never dies (1999)

Carátula Wishmaster 2

Sí amigos, no estáis ciegos, efectivamente no hemos hecho todavía un análisis de la primera parte de esta saga, así que dejad de buscar erráticamente por el blog la entrada sobre la primera película, mientras agitáis vuestros brazos con airada ira, por no poder seguir en orden cronológico la evolución de esta tetralogía. En La Papada de George Lucas somos así, rebeldes, iconoclastas y adelantados a nuestro tiempo, porque… ¿Quién quiere hablar sobre la deficiente primera parte, pudiendo pasar directamente a la insultantemente mala continuación? Wishmaster 2, o cómo querer repetir conceptualmente la primera parte con un tercio del presupuesto original, es la historia de una joven de mirada distraída, con cara de haberse fumado todas las especies del herbolario de la abuela Mildred…

La Ramona se ha fugao con el hijo del cartero
Ramona, te quiero. Como no cabía en el tren
se la lleva en un velero. Ramona, te quiero.

…y adicta a la automutilación dactilar gratuita.

Cariño, no te olvides de trocear bien las zanahorias para el guiso.

La historia de una joven cleptómana, que de la noche a la mañana, y tras robar en su galería de arte favorita, junto al palurdo de su novio y a un tercer actor de reparto (que no importa un carajo y muere rápido), se encuentra en la delicada tesitura de evitar el fin del mundo ¿Por qué? Por haber despertado, accidentalmente, a un maléfico y todopoderoso Djinn, que quiere traer a su raza a nuestro plano, para conseguir llevar a cabo la típica (pero no por ello menos excitante) tarea de dominar el mundo con sus hordas. Después de haber sido derrotado de manera estúpida al final de la primera película, y de tener que volver a través de una piscina de burbujeante y espeso moco, yo también estaría cabreado y deseoso de subyugar a la humanidad.

Esto es lo que pasa cuando Gérard Depardieu te estornuda encima.

Hasta aquí todo correcto, tenemos la habitual película de terror para toda la familia, con carnaza para el niño y la niña… Un momento, ¿para el niño y la niña? No, eso es precisamente lo que falla. Se podría pasar por alto el tremendamente incoherente y ridículo guión, la endémicamente generalizada pobre interpretación por parte de todo el reparto, la edición prácticamente amateur, e incluso los efectos visuales y de maquillaje de tercera división, pero al genio que se le ocurrió hacer una película gore sin apenas gore, deberían obligarle a tragarse el manual de corrección política que estudió Ramón García.

Edición especial para retards con capa que presentan las campanadas.

A diferencia de la primera parte, donde la casquería corre por doquier, esta vez sólo hay dos escenas en las que abunde el sirope de fresa. En la primera, un malvado delincuente atraviesa, literalmente, los barrotes de una celda, después de que el Djinn le conceda su deseo de manera maravillosamente explícita. Se nota el cartón, pero aun así es gracioso. Luego tenemos la escena final (hiriente autoplagio respecto a la primera parte de la saga), con docenas de extras corriendo de un lado para otro, mientras el atrezzo de una sala de casino adquiere pretensiones homicidas. Y se acabó.

Con paciencia y vaselina, dio por culo el elefante a la hormiga.
El casting para esta película podrían haberlo hecho, perfectamente, asignando los papeles de los personajes a gente al azar que paseara por la calle, y nadie habría notado la diferencia. Andrew Divoff Repite en el papel del Djinn, la malvada entidad que habita entre los mundos, y que es capaz de conceder deseos a los humanos, deseos que suelen acabar de manera creativamente mortal. Posiblemente Divoff realiza la interpretación menos mala (que no mejor) de todo el filme. La mitad de las escenas se las pasa limitándose a mostrar una sonrisa idiota, como si su camello acabara de pasarle la dosis del día.

Los caminos del peyote son inescrutables.

Holly Fields es nuestra lozana protagonista, y transmite la misma credibilidad en el papel de heroína que tiene una batidora como maquinilla de afeitar. Mención especial merece Paul Johansson, el cura vigoréxico. Su personaje ya es bastante apestoso de por sí, pero es que además Paul parece haber salido de la misma escuela de interpretación en la que se graduaron HAL 9000 y Skynet. La mesa camilla que nunca tuve posee más carisma que él. Si tuviera que enumerar todas las incoherencias, vacíos y giros gratuitos del guión, tardaríais más en leer esto que en ver la propia película, así que haré un resumen de mejores momentos: Para empezar (aviso de SPOILER si no habéis visto la primera parte), el hecho de que Divoff repita en el personaje del Djinn es ridículo, puesto que al final de la primera entrega, todo lo que hizo el ser de entre los mundos fue deshecho, y eso por supuesto incluye el apropiarse de la forma humana que muestra en esa película; el momento en el que la protagonista decide mutilarse un dedo, no se sabe muy bien a cuento de qué, es uno de los mayores “pero qué hostias es esto” que recuerdo; el detalle de que se nos diga que el Djinn necesita apropiarse de 1001 almas (en la original, con cuatro o cinco tenía de sobra), y en el ocaso de la película, cuando desata la traca final, tenga 400, me hace pensar que los guionistas no andan muy bien de matemáticas.

Y hablando de giros, os dejo con el giro de piernas del protagonista de esta escena, en la que procede a autosodomizarse, de una manera que aun no logro comprender, en la que posiblemente sea la escena más absurdamente bizarra de toda la cinta.

Puntuación final:

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