Brain Damage (1988)

Carátula Brain Damage

Según la mitología etrusca, Menrva -diosa de la sabiduría, la guerra, el arte y el comercio- nació de la cabeza de su padre, Tinia. Minerva, su contrapartida romana, nace asimismo de la cabeza de Júpiter, quien siente un gran dolor de cabeza tras devorar a Metis y recurre a Vulcano, que se presta a aliviarle mediante un hachazo, lo que se considera en la actualidad el nacimiento de la seguridad social.Si alguno de nuestros lectores fuese lo suficientemente inteligente, no tardaría en relacionar este hecho mitológico con la portada de Brain Damage, donde nuestro Júpiter particular parece sufrir una cefalea algo preocupante. Por desgracia no es nuestro caso, pues nuestros lectores son el último vestigio de homoespecies descartadas apresuradamente por la evolución, quien afirmaría no saber en qué estaba pensando si le preguntásemos por su creación.

Así, nos encontramos ante una obra del más alto nivel que rinde culto a los clásicos, y me atrevería a afirmar que asistimos a una autoreferencia donde Henenlotter se autoproclama dios de la sabiduría, la guerra y el arte -aunque no del comercio, por motivos obvios-, surgiendo del cráneo abierto y luminoso de su protagonista.

Cabeza luminosa Brain Damage

¿Alegoría de altísimo nivel cultural sobre la existencia humana y el nacimiento del arte en la cultura o simple agujeraco en la cabeza?

Brain Damage explora la esencia humana, la caída del hombre en desgracia, un viaje a los infiernos de la droga y de la sangre de la mano de un pérfido y monstruoso Virgilio llamado Aylmer. Según sus propias palabras, Aylmer es una criatura vieja como la humanidad, cuyo único propósito en la vida -lo que asegura que el espectador se sienta inmediatamente identificado- es devorar cerebros humanos. Para tal fin se sirve de su forma fálica y sus deliciosos jugos biológicos, una potente droga alucinógena que le convertiría a usted y a mi -y a Robert Downie Junior ni le cuento- en esclavos de su adicción.

“Te gusta que te dé lo tuyo por detrás, ¿verdad?” “¿Cómo dices?” “No, nada.”

Brian, el pringado de turno, se convierte en el elegido de un Aylmer recién emancipado vía desagüe, al más puro estilo Mario Bros. Tras una escena en la cama de un misticismo que ya quisiera David Lynch, Aylmer puede dedicarse a la recolección de cerebros, cabalgando a Brian como el enano aquel de Mad Max que iba subido a un gigantón sin cerebro en la cúpula del trueno -utilización de un enano que, por otra parte, también se la habría puesto morcillona a Lynch si se le hubiese ocurrido a él-. Como apunte, decir que me habría gustado más al revés, un gigantón subido a la chepa de un enano, lo que resulta más creíble porque el tipo grande puede amenazar al enano con darle de hostias si no le obedece, ¿pero qué iba a hacer el enano si el gigante no obedece? ¿muecas? ¿ruidos molestos? ¿ponerle a parir en su blog? ¿hacerle una foto a un chorongo, subirla a Facebook y etiquetar al gigante en ella?

Amores de discoteca, la moraleja.

Tras n escenas de devoración cerebral, la crisis entre Brian y su entorno se acentúan, y su relación con Aylmer se resiente. Aparecen los anteriores compañeros de piso de Aylmer en lo que bien podría ser una escena de Apartamento Para Tres, si no fuese porque empiezan a volarse la cabeza unos a otros, morderse y movidas muy chungas que no habrían pasado la mojigata criba judía de los censoproductores de la entrañable sitcom. ¿Qué decís, que queréis que concrete más? ¿Que ponga una imagen? ¿Un vídeo? ¿Que os estoy privando de una de las mejores escenas de la historia del cine? Pues os jodéis, esto no es una democracia, sino una autocracia parlamentaria marginalmente recursiva.

Y eso es lo que pasa si usáis bastoncillos para los oídos, niños.

Tras la estafa que supone que la grandiosa escena de la limpieza de oído resulte ser un delirio provocado por el síndrome de abstinencia sin peso alguno en la trama, la película concluye en una flipadura de 6.3 ownios, unidad de medida que he acuñado para que os hagáis una idea de la cara que se os queda tras un OWNED de estas características. Porque, y atención que os SPOILEO en toda la cara, le arrancan a Aylmer de la nuca en plena dosis, lo que provoca un cortocircuito neuronal, una grave hinchazón y un dolor agudo -parecido a cuando los hijos de tus vecinos te despiertan a las 10 de la mañana hablando de Pokemon debajo de tu ventana-. Esto resulta en un Brian pegándose un tiro en la frente, con azulísimo y resplandeciente resultado. Eso es, motherfuckers, os puse el final de la película al principio de todo, ¿pero qué vais a hacer ahora? ¿lloriquear como mujerzuelas? ¿fruncir el ceño? ¿enviar una queja a mis editores? Uhm, olvidad esto último.
Podríamos concluir que lo que prometía ser una obra de culto a la altura de Basket Case se queda en una historia inconexa y decepcionante donde la adicción es una excusa de lo más pobre para que Aylmer haga de las suyas, con personajes secundarios irrelevantes como la novia y el ¿primo? ¿hermano? ¿compañero de piso? y situaciones ridículas como:

-Hola, soy Aylmer, un monstruo que te ha hecho sangrar por la nuca, ¿quieres ser mi amigo bajo la ridícula promesa de que una criatura deforme de 30 cm pueda hacer tus deseos realidad?

-¡Vaya que si quiero!

Por no hablar del desenlace, que no tiene ningún sentido, siguiendo esa cansina tendencia “no sé como acabar la película, así que pongo algo raro y engimático y me quedo tan ancho”.

A favor:

  • La poderosa voz de Aylmer, que no desentonaría con un archicanciller alemán.
  • La escena épica, aunque previsible, del felatality.
  • La riada de sangre auricular.

En contra:

  • La forma fálica de Aylmer sólo se aprovecha en una escena.
  • La forzada relación inicial entre Aylmer y Brian.
  • Personajes de relleno.
  • Desenlace decepcionante.

Por lo tanto, mi puntuación viene a ser:

Dos papaditas
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